¡Activar a los padres! La importancia de criar a la próxima generación para que ame y sirva a Dios

La buena noticia llegará pronto. Lo prometo. Pero primero tenemos que entender por qué esta conversación es tan importante, no solo a nivel personal, sino también a nivel global.
En Mateo 13:33, Jesús cuenta esta parábola: “El reino de los cielos es como la levadura que una mujer tomó y mezcló en tres medidas de harina, hasta que hizo crecer toda la masa”. Piénsalo: veintisiete kilos de harina (lo mismo que pesa mi hijo de ocho años) es un gran peso para esa levadura. Es una cantidad absurda de harina para que una mujer amase por sí sola, suficiente para hornear unas sesenta hogazas de pan. Jesús está usando un recurso hiperbólico para ilustrar el efecto potencialmente colosal que incluso un poco de levadura puede tener en su entorno.
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De manera similar, el discipulado de tus hijos puede parecer como una medida correctiva insignificante en el gran esquema de los caminos equivocados de la iglesia occidental. ¿Qué esperanza podemos tener de producir un cambio? Sin embargo, tal como un poco de levadura puede producir su efecto en una cantidad mucho más grande de harina, tengo la convicción de que ayudar a nuestros niños a caminar con Jesús hoy cambiará no solo sus vidas, sino también la relación actual de la humanidad con Dios. Déjame explicarlo.
Activar a los padres
La relación entre las familias y los propósitos más amplios de Dios en el mundo no es nada nuevo. Los padres siempre han formado parte del plan redentor de Dios para la humanidad. Esto no quiere decir que los padres hayan sido más significativos para el plan de Dios que los casados sin hijos, los solteros sin hijos o los que han anhelado ser padres pero no han podido. De hecho, los que no tienen hijos a menudo contribuyen a la misión de Dios de un modo que los padres sencillamente no pueden (1 Corintios 7:6‑8). Sin embargo, desde los primeros padres, quienes recibieron el mandato de llenar el mundo con la imagen de Dios a través de su procreación, hasta Jesús mismo, que fue encomendado a padres humanos para que lo criaran, está claro que Dios ha confiado en los padres humanos para que sean parte de su obra y su misión de manera significativa.
Podemos ver una prueba clara de esta confianza en Deuteronomio 6. En este pasaje, los israelitas llevan casi cuarenta años vagando por el desierto y por fin están preparados para entrar en la tierra prometida. En el desierto, a pesar de sus dificultades (y de su amargo desdén por el mismo), aprendieron a depender totalmente de Dios. Dios los alimentó con maná y codornices, les dio agua de las rocas, y les mostró por dónde ir con columnas de fuego y humo. Aprendieron a caminar en dependencia e intimidad con Dios, y lo hicieron en un contexto monocultural que no ofrecía amenazas externas a su relación con Yahvé. La tierra prometida, la tierra “donde abundan la leche y la miel” y también las culturas politeístas (idólatras), sería diferente.
Moisés, dirigiéndose al pueblo, dice esto en Deuteronomio 6:10‑12:
El Señor tu Dios te hará entrar en la tierra que juró a tus antepasados Abraham, Isaac y Jacob. Es una tierra con ciudades grandes y prósperas que tú no edificaste, con casas llenas de toda clase de bienes que tú no acumulaste, con cisternas que no cavaste, y con viñas y olivares que no plantaste. Cuando comas de ellas y te sacies, cuídate de no olvidarte del Señor, que te sacó de Egipto, la tierra donde eras esclavo.
El peligro de dejar de depender del maná y la carne de codornices para comer, del fuego y el humo para orientar su camino, del agua que brota milagrosamente de las rocas —el peligro de vivir en una tierra de abundancia, rodeados de gente que no conoce a Yahvé—es que Israel se olvide de Dios. Y si Israel se olvida de Él, ¿cómo podrá la humanidad conocer a Dios? Es mucho lo que está en juego. La relación de la humanidad con Dios está en juego.
¿Y qué hace Dios? Le ordena a Moisés que le diga esto al pueblo:
Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor. Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Grábate en el corazón estas palabras que hoy te mando. Incúlcaselas continuamente a tus hijos. Háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Átalas a tus manos como un signo, llévalas en tu frente como una marca y escríbelas en los postes de tu casa y en los portones de tus ciudades. (Deuteronomio 6:4‑9)
Ante la posibilidad de que Israel —y toda la humanidad— se olvide de Dios, ¿cuál es la estrategia de Dios? “¡Activar a los padres!”. El trabajo crítico de grabar su Palabra en los corazones de su pueblo —la Palabra misma que revela su carácter y su naturaleza—, Dios se lo confía no solo a profetas y sacerdotes, sino a padres e hijos.
Este era el plan de Dios para asegurarse de que Israel no se olvidara de Dios: activó a los padres para que aprovecharan los momentos cotidianos para ayudar a sus hijos a aprender a amar y seguir a Dios. Y hoy no se me ocurre una estrategia mejor. Nos encontramos en un momento único como sociedad. En los últimos años, hemos experimentado una pandemia mundial, un escenario político polarizado, una mayor conciencia de la injusticia racial y una guerra en Europa del Este con enormes ramificaciones geopolíticas. El tejido de nuestra sociedad, si no se está deshilachando, cuando menos se está tensando considerablemente. Al mismo tiempo, la iglesia está aprendiendo a navegar la vida y el ministerio en un nuevo contexto poscristiano. En muchos sentidos, en Occidente también corremos el peligro de olvidarnos de Dios. Educar a la próxima generación para que ame, conozca y siga a Dios es tan esencial ahora como lo era en tiempos de Moisés.
El tipo de preparación que necesitarán nuestros hijos para vivir un estilo de vida alternativa —para seguir a Jesús en un mundo que no lo sigue— requerirá la estrategia milenaria de Dios: “¡Activar a los padres!”.
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Tomado de Enseñen bien a sus hijos de Sarah Cowan Johnson y traducido por Livia Giselle Seidel y Sofía Castillo. Texto original en inglés copyright (c) 2022 por Sarah Cowan Johnson. Adaptado de Capítulo 2, “Un poco de levadura”.
Traducción al español copyright (c) 2025 de InterVarsity Press, LLC. Usado con permiso de InterVarsity Press. www.ivpress.com