Yo era ateo: la física cuántica me puso en el camino hacia Jesús

Yo era ateo: la física cuántica me puso en el camino hacia Jesús

Getty Images/Mark Garlick/Science Photo Library

Los escépticos cuestionan mi honestidad cuando afirmo que soy tanto científico como cristiano. Se niegan a tomar en serio a alguien que cree en la física cuántica y, al mismo tiempo, llama a Jesús su Señor y Salvador.

Los más llenos de odio me acusan de ser un falso científico y/o un falso cristiano. Sus mentes simplemente no pueden comprender la posibilidad de que la ciencia y el cristianismo sean enteramente y con absoluta naturalidad compatibles.

En el lenguaje de la ciencia, estos escépticos poseen una cosmovisión "clásica". Se trata de una percepción de la realidad puramente lógica, material y mecanicista, muy similar a la física clásica de Newton.

Para estos clasicistas, el cuerpo no es más que carne y sangre, la mente es solo el producto de la actividad eléctrica del cerebro y el universo entero no es más que un gran e impresionante accidente de la naturaleza. Es una perspectiva miope que llevó al difunto Stephen Hawking a decir: "Considero al cerebro como una computadora que dejará de funcionar cuando fallen sus componentes. No hay cielo ni vida después de la muerte para las computadoras descompuestas; ese es un cuento de hadas para personas que le temen a la oscuridad".

Cuando era un joven ateo, compartía esta visión maquinista de la realidad. Sin embargo, rápidamente me desengañé de ella al comenzar a estudiar la física cuántica.

La física cuántica pone la lógica de cabeza. De manera repentina y enigmática, el mundo sólido y material se convierte en una fantasmal nube de probabilidades, el comportamiento sobrenatural pasa a ser natural y los opuestos absolutos se transforman en realidades unificadas.

Fue precisamente esa extrañeza totalmente ilógica la que captó mi atención cuando leí el Nuevo Testamento por primera vez. ¡Apenas podía creerlo! Este presunto Jesús de Nazaret de la Edad de Hierro hablaba como un físico cuántico contemporáneo.

A diferencia de las instrucciones sobre cómo vivir dadas por cualquier otra figura sagrada que hubiera leído (para ese entonces, me había sumergido en todas las religiones principales), las enseñanzas de Jesús ponían la lógica al revés. Durante su Sermón del Monte, por ejemplo, exhortó a la multitud a amar a sus enemigos, les dijo que para vivir primero debían morir, que los primeros entre ellos eran, en realidad, los últimos, y así sucesivamente.

Este lenguaje de apariencia cuántica fue lo que mordió mi anzuelo intelectual. Fue lo que me motivó a investigar más a fondo el cristianismo con una mente abierta y analítica.

Al final, varias décadas después, algo más que la física cuántica me convenció de que Jesús era la verdad absoluta. Una exploración crítica y frontal de la Biblia, una evaluación intelectualmente honesta de lo que la ciencia moderna descubría sobre el universo y nuestra especie, y una serie de experiencias personales asombrosas no dejaron duda alguna en mi mente, antes clasicista, de que el Dios bíblico era, ciertamente, el creador del universo que yo me dedicaba a estudiar.

Superposición cuántica

Los escépticos se burlan habitualmente de los cristianos por creer en contradicciones flagrantes como: A) Dios es tanto universal como personal, y B) Jesús es tanto plenamente hombre como plenamente Dios. "Estas creencias no tienen sentido", protestan.

Tienen razón. Estas creencias no tienen ningún sentido, pero tampoco lo tienen las verdades de la física cuántica. Como confesó en una ocasión el difunto físico y ganador del Premio Nobel, Richard Feynman: "Creo que puedo decir con seguridad que nadie entiende la mecánica cuántica".

Según la física cuántica, por ejemplo, la luz es a la vez totalmente sólida como una roca y plenamente flexible como la onda en el agua, lo cual carece de tanto sentido como afirmar que algo es completamente negro y completamente blanco al mismo tiempo. Los científicos llaman "fotón" a esta entidad quimérica e ilógica, pero que, a fin de cuentas, dista mucho de ser absurda.

"Nos enfrentamos a un nuevo tipo de dificultad", admitió en su momento Albert Einstein. "Tenemos dos imágenes contradictorias de la realidad; por separado, ninguna de las dos explica plenamente los fenómenos de la luz, pero juntas sí lo hacen".

Al igual que la física cuántica, el cristianismo enfrenta el mismo tipo de "dificultad". Para empezar, el Antiguo Testamento describe a Dios con dos naturalezas opuestas: universal y personal.

En Génesis 1, al Dios universal —el Creador del universo— se le llama "Elohim" (אֱלֹהִים). En Génesis 2, al Dios personal —aquel que camina y conversa íntimamente con Adán y Eva— se le llama "YHWH" (יהוה), un nombre de cuatro letras sin vocales que los eruditos denominan el Tetragrámaton.

El Nuevo Testamento también comparte esta misma "dificultad". A Jesús se le representa con dos naturalezas aparentemente contradictorias. Por un lado, es plenamente humano, como queda demostrado cuando llora (Juan 11:35), suda gotas de sangre (Lucas 22:44) y muere en la cruz (Juan 19:30). Por otro lado, es plenamente Dios, como cuando convierte el agua en vino (Juan 2:1–11), sana al leproso (Marcos 1:40–42), perdona los pecados del paralítico (Marcos 2:5–12) y es igualado de manera explícita con YHWH (Juan 8:58, Romanos 10:13, entre otros pasajes).

La física cuántica resuelve todas estas aparentes "dificultades" explicando que una sola entidad puede tener múltiples identidades. Esta profunda verdad se representa como una "superposición" matemática de diferentes estados posibles.

Esto explica de qué manera el famoso gato de Schrödinger puede estar vivo y muerto al mismo tiempo; cómo la luz puede ser a la vez plenamente sólida y plenamente ondulante; cómo Dios puede ser totalmente universal (Elohim) y totalmente personal (YHWH); y cómo Jesús puede ser enteramente humano y enteramente Dios.

Y ya que estamos en el tema, la superposición cuántica también nos ofrece una explicación científica moderna de cómo el único y verdadero Dios puede ser plenamente uno y plenamente tres: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo.

¿Dónde estaría ahora si no hubiera sido un apasionado de la ciencia cuando abrí la Biblia por primera vez? Nunca lo sabré, pero hay un hecho innegable: gracias a la física cuántica y a Jesús, renuncié a mi cosmovisión clásica, abandoné mi ateísmo y finalmente me convertí en la criatura aparentemente imposible que soy hoy: un hombre que es plenamente científico y plenamente cristiano.

"Una cosa sé: que habiendo yo sido ciego, ahora veo" (Juan 9:25).

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