The Christian Post > Comentarios|Thu, Aug. 09 2012 10:31 AM EDT

Homosexualidad e Iglesia Evangélica: Reflexiones

PorGerardo A. Alfaro | Columnista Invitado de Christian Post

Uno de los más difíciles tópicos de la iglesia Cristiana en nuestros días es el asunto del homosexualismo. Se ha complicado mucho más en los últimas décadas debido entre otras cosas a los avances científicos con los que una persona puede cambiar la apariencia física de su cuerpo a discreción por medio de cirugía. El asunto se vuelve todavía más complicado con la utilización de hormonas que influyen en las disposiciones anímicas y psicológicas del individuo. ¿Cómo tratar con personas quienes aparecen frente a nosotros con tales características?

Otro factor crítico en la complicación de este asunto es la falta de unidad que el Cristianismo ofrece frente a la perspectiva de la sociedad secular. No hay tal cosa que un solo frente. Dentro del Cristianismo existen aquellos que no tienen ambages en respaldar las conductas homosexuales como algo natural. Inclusive otros han llegado a aprobar que homosexuales practicantes ocupen puestos clericales y de liderazgo en sus congregaciones. Desde allí, no falta entre muchos de estos, el chantaje psicológico a todos aquellos que difieren de su posición. El resentimiento, la intolerancia y el odio por pasadas y posibles experiencias predican desde esos púlpitos. Cualquier objeción a la idea de que las personas tienen el derecho de “preferir” tener otra sexualidad que no sea la que su cuerpo les ha dado de nacimiento es condenada como oscurantista, inhumana y opresora-por supuesto sin tomar en cuenta aquí aquellos casos en donde existen razones médicas comprobadas de que un trastorno de nacimiento ha tomado lugar.

Al otro lado del péndulo se encuentran aquellos que fanáticamente han desarrollado un odio para la homosexualidad, colocándola sobre otros pecados a los que la Biblia trata con la misma severidad-la avaricia por ejemplo. Tristemente a veces se identifica a estos con todos los creyentes conservadores. Es cierto que a veces es fácil ocultarse en medio del Cristianismo tradicional con este tipo de resentimiento y violencia hacia aquellos que se comportan homosexualmente. Uno de los propósitos al escribir estas líneas tiene que ver con corregir este mal entendido, y despertar a aquellos que quizá no han visto la diferencia entre esta posición y una posición bíblica que mientras no tolera la homosexualidad, nunca atentaría contra la integridad y dignidad del ser humano.

Homosexualidad, Ciencia y Fe
A nosotros nos parece que la conducta homosexual-no se ha comprobado otra cosa-es el resultado de la crianza y de opciones. Siempre que menciono esto, escucho a varios traer a cuento el asunto de la ciencia. Piensan algunos no informados que “la ciencia” ha comprobado que la conducta homosexual es algo con lo cual se nace. Por supuesto, para probar esto sería fácil citar a algún profesional de la medicina con esa opinión. El problema con este tipo de argumento es que a una lista “x” de profesionales es relativamente fácil oponerle otra lista de profesionales con las mismas o mejores calificaciones que tiene la convicción opuesta. Lo cierto es que a la fecha no existe prueba dura que identifique la conducta homosexual como algo natural o heredado.

Por supuesto para los creyentes en Cristo aunque el asunto de la ciencia es de importancia, lo definitivo es siempre la Escritura. La manera en que la mayor parte del pueblo de Dios ha leído la Biblia durante la mayor parte de la historia ha sido abrumadoramente consistente. La homosexualidad es uno de los pecados contra los que el creyente debe luchar con la fuerza del Espíritu de Cristo. Por otro lado, leer los intentos de ciertas teologías contemporáneas de condenar sólo cierto tipo de homosexualidad, eximiendo a la homosexualidad consensuada y monógama, por ejemplo, nos parece un claro intento de la hibris humana de imponerse y querer amordazar el diáfano testimonio bíblico. Esto nos lleva a la convicción de que aun cuando hipotéticamente la mayoría de los científicos en cierto momento creyeran encontrar evidencia de que la homosexualidad se hereda, seguiríamos insistiendo que el creyente en Cristo debe luchar contra la naturaleza humana pecaminosa, como contra cualquier pecado, con todos los recursos espirituales con los que el Señor nos ha dotado (Rom 3, 12:1-2; Gál 5; Efesios 2, etc.). Y además, que luchar contra esta inclinación pecaminosa de la manera en que la Biblia nos pide no sólo es lo que éticamente la Palabra de Dios nos ordena, sino que precisamente por eso, estamos luchando a favor de la vida y dignidad humana, contribuyendo al bien de la humanidad. “Santifícalos en tu verdad, tu palabra es verdad” (Juan 17:17).

Homosexualidad y Sociedad

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Habiendo dicho lo anterior, necesito explicar que cuando digo que la homosexualidad es un asunto de opciones de crianza y de opciones o “preferencias,” no estoy diciendo que en general sea solamente el resultado de decisiones individuales. Las cosas son mucho más complicadas. Es muy probable que existan personas que de pura voluntad sin ninguna otra influencia tomen la decisión de vivir homosexualmente. En realidad, sin embargo, muchos más son lo que se convierten a la homosexualidad después de un largo y complejo proceso de influencias conscientes e inconscientes. La homosexualidad no es un fenómenos nuevo, tal como las mismas Escrituras testifican. Pero sí es un fenómeno que se desarrolla exponencialmente en una sociedad que la promueve y defiende. Antropológica y sociológicamente el factor del sistema en el que se vive tiene gran influencia. Nadie debería pasar por alto que una sociedad en donde las familias bien integradas son la excepción y no la regla, lo que los otros dicen y piensan tiene mucho peso en las decisiones individuales. La orfandad práctica en la que la mayoría de los niños crecen en sociedades “workaholicas,” el control y repetición informativa -ad nauseam-de medios de comunicación-en su mayoría éticamente liberales, el canibalismo de las grandes corporaciones y negocios que con el deseo de agenciarse más clientes y más dinero las hace patrocinar todo estilo de vida, la alta saturación sexual presente en escuelas, etc. etc. favorece la enorme confusión de identidad entre muchos.

Homosexualidad e Iglesia

Por todo lo anterior, debemos pensar como iglesia como tratar con el homosexualismo no sólo como un factor que está afuera de nuestras congregaciones. También debe pensarse desde el principio como algo a lo que nuestros hijos se enfrentan constantemente.

Pecados

1. La iglesia debe recordar que el pecado no son solo acciones. El pecado está relacionado con una naturaleza pecaminosa que sólo encuentra control bajo el señorío de Jesús de Nazaret. Aun cuando alguien se empecine en pensar que la homosexualidad es “natural,” el creyente debe insistir que como parte de la vieja naturaleza, el ser humano debe luchar por quitársela de encima, y ponerse la nueva que es la obediencia a Cristo. ¡Podemos hacerlo con la ayuda del Espíritu! (Efesios 5).

2. La iglesia debe aprender a colocar a la homosexualidad como pecado en el mismo nivel que la Escritura la coloca. Ni más ni menos. En mis clases del seminario les hago ver a mis estudiantes que los pecados sexuales son enlistados en el Nuevo Testamento casi siempre acompañados por la avaricia, la codicia. Que aunque se nos es fácil hablar de disciplina en la iglesia local para pecados sexuales, yo no recuerdo que alguna vez haya oído de alguien disciplinado por avaro. Esta disparidad en la severidad con que tratamos estos pecados no es justa ni bíblica.

Otros Vicios

3. La Iglesia debe aprender a señalar como dañinos y pecaminosos ciertos hábitos culturales que se pasan por alto y a veces se elevan como virtud. Uno de ellos sin lugar a dudas es la adicción al trabajo. Tal adicción es la que causa hogares vacíos de instrucción bíblica, confusión en un mundo donde todo es válido. Después de dejar a sus hijos gran parte de su infancia en manos de guarderías, y pasando toda su vida en la escuela, viéndolos apenas unos minutos en la mañana o en la noche, algunos padres se sorprenden cuando sus hijos adolescentes les confiesan que creen ser homosexuales. Si durante todos esos años han escuchado diariamente que tal conducta es aceptable nada tiene de sorprendente su confesión. En palabras de la Escritura “el mundo” ha hecho su trabajo. Los padres no.

Junto a esto debe decirse que la iglesia evangélica debe oponerse a toda práctica que comprometa o niegue la expresión sexual dentro del marco del matrimonio. No se es más espiritual, ni se está más calificado para el ministerio por forzar la abstinencia. No nos deberíamos extrañar si sabemos de algún pecado sexual como el del homosexualismo cuando la abstinencia sexual a veces se fuerza como requisito para el servicio al Señor. La iglesia romana tiene muchas cuentas que dar a Dios por este asunto. Sí, se dirá que el sacerdote toma voluntariamente sus votos. ¿Pero a quién engañamos? Si los votos son vistos como requisito ineludible para el ministerio sacerdotal y la vida de sacerdote por largos periodos, a veces de enclaustramiento, se pasa con personas del mismo sexo, no están lejos de forzar a muchos a la tentación, y así participar de la obra del maligno.

4. Esta situación general no solo la comparten los hermanos “en las bancas.” También es frecuente escuchar de problemas similares en aquellos inmersos en el ministerio cristiano (pastores, misioneros, profesores, escritores etc.). Por años me he quejado que a veces he visto colegas en el ministerio llegar a las seis de la mañana y salir del trabajo a las 9 o de 10 la noche. ¿Dónde está la familia? ¿Los hijos? Lo peor no es que muchos no se den cuenta de este error y pecado. Lo peor es que muchos alientan y se glorían en este tipo de vicio, creyendo que así sirven mejor al Señor. Queriendo ganar a todo el mundo, ponen en riesgo y muchas veces pierden a su familia. Cuantas veces no he leído por ejemplo, dedicaciones de libros en donde el famoso académico o pastor dice algo así: “A mi esposa y mis hijos por la paciencia de sufrir mi ausencia durante los cinco años que tomé para escribir este libro.” (¡!) Además, he escuchado en el seminario donde trabajo a varios colegas describir el proceso de escribir un libro, como el proceso de dar a luz a un hijo. Y he pensando para mis adentros, que mientras muchos dan a luz ese tipo de hijos, al mismo tiempo matan lentamente por su ausencia a aquellos de carne y hueso que el Señor les dio. El ministerio mismo puede convertirse en un asesino de familias y de la identidad sexual de muchos…

Homosexualidad y Responsabilidad

5. Por lo anterior debe decirse que la homosexualidad debe verse no sólo como responsabilidad individual. Esta convicción debe producir dos resultados. En primer lugar, no podemos contentarnos con señalar el pecado del individuo homosexual. También debemos condenar bíblica y teológicamente todos aquellos elementos que producen o favorecen esta conducta. El ser “workaholics” no es más un asunto para bromear, es letal para nuestras familias. La multitud de divorcios en nuestras iglesias hablan de cómo los creyentes en general se han amoldado a este siglo (Romanos 12:1-2), por razones egoístas tanto de hombres como mujeres, sus hijos han terminado pagando por los trastos rotos. Esta responsabilidad social y familiar es algo que nuestros púlpitos no deben pasar por alto. El materialismo y consumismo que va de la mano del “workaholismo” producen casas vacías, donde sin Jesús el mundo engañoso y asesino gobierna. ¡Cuánta falta nos hace el contentamiento del que hablan Jesús y Pablo!

6. En este mismo renglón debe hablarse del egoísta machista quien maltrata bestialmente a la esposa y produce hijos timoratos con una distorsionada idea de lo que significa ser hombre y por lo mismo no quieren nada que ver con ella. Como pastor he oído a incontables hijos quejarse de este tipo de hombres que en la iglesia encuentran refugio en su hombría mal entendida. Debe también decirse algo sobre la mujer y madre moderna que queriendo alcanzar su realización profesional-algo bueno en sí mismo-abandona igualmente como su marido a sus hijos a la despiadada e inhumana crianza de una sociedad sin el temor de Dios. Cuántos hijos con conductas y amaneramientos no he escuchado quejarse de madres profesionales, mandonas, quienes en busca de su “liberación” han condenado a sus hijos a las más profundas prisiones de confusión de su identidad sexual.

Compasión

7. En segundo lugar, creo que como iglesia debemos aprender a ser más misericordiosos con el homosexual que se acerca a Cristo. Si lo que digo anteriormente es cierto, y yo estoy convencido de que lo es, entonces el comportarse homosexualmente no es algo que se haga o deje de hacer como una acción puntual. He conocido a algunos exhomosexuales que cuando vinieron a Cristo, recibieron un milagro especial por el cual dejaron su vida antigua. Pero también he conocido a otros quienes se han convertido a Jesús, y han iniciado una vida de luchas entre victorias y fracasos. La iglesia debe tener suficiente paciencia y tacto para ayudar en este proceso. Pero a veces no ha sido de mucha ayuda. Entendiendo que las cosas no son fáciles, y que para que la conducta homosexual se pueda superar debe pasarse muchas veces por un proceso de “desprogramación” tan largo como aquel por el cual esa conducta se programó. Además de apoyar programas especializados, en la iglesia debe poder encontrarse familias que aunque no perfectas caminen de cerca en obediencia a las prioridades que Jesús ha establecido.

Dentro de la iglesia también debe encontrarse una contracultura que reta ciertos arquetipos de lo que significa ser hombre o mujer. El arquetipo del biotipo tradicional, por ejemplo, que en la mayoría de nuestro países latinos se tiene de quién es un hombre incluye varias cosas. Se debe ser musculoso, fuerte, alto, voz ronca, velludo, con “sex appeal,” etc. ¿Qué pasa con aquellos hombres que no tienen ninguna de esas características? Sufren socialmente. Algunos cometen abusos machistas para probar su hombría (el complejo napoleónico, por ejemplo: el hombre de pequeña estatura que se deleita en tomar actitudes dictatoriales con todos). Otros son forzados hacia la confusión de identidad: “¿Seré homosexual?.” La iglesia de Jesús haría gran bien en darle cuerpo, recordar, enseñar y predicar que la imagen del hombre perfecto, Jesús de Nazaret, en su recorrido histórico contradice la mayoría de aquellos elementos. Jesús no es el que grita, no es el que cuya apariencia física agrada, Jesús llora, Jesús no trata como objeto sexual a la mujer, Jesús no es el que somete con fuerza sino que sirve con devoción…

No hay duda que esta imagen traería mucha salud a un mundo y a una iglesia que por el momento se encuentra en una crisis de identidad. Que Dios nos permita vivir como hombres y mujeres, que con la misma dignidad e integridad que el Dios encarnado nos ha dado, deseemos crecer en el conocimiento y en obediencia a él, porque sólo entonces podremos saber quienes somos nosotros también. ¡AYUDANOS SEÑOR!

“El Dr. Gerardo A. Alfaro es profesor asociado del Southwestern Baptist Theological Seminary en Fort Worth Texas, y Chair del Departamento de Teologìa.”
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